sábado, 30 de julio de 2016


ESPERAR... SIN ESPERAR (30 de Julio de 2016)

PARTE I


Hay dos formas en que deseo abordar este pensamiento; cuando pienso en esperar son precisamente dos formas las que vienen a mi mente, siempre como un (+) y un (-) dentro de un gran panorama providencial. Como joven en edad de casarme, con el anhelo de hacerlo y más aún con la idea ansiosa de contar a futuras generaciones como el Señor fue fiel y sustentador en el pre y post de este evento, deseo poder expresar aquí los inhóspitos caminos de mi corazón mientras ESPERO... SIN ESPERAR.

En primer lugar, nuestro corazón perverso y abundante en deseos pecaminosos y egoístas propios de nuestra naturaleza caída, está continuamente esperando, sí... ESPERANDO. ¿Que puede estar esperando nuestro corazón? Sencillamente, todo aquello que se conforme a sus deseos, que supla sus anhelos egoístas, que alimente su ego, cualquier cosa que llegue pronto y sin esfuerzo y aún más, aquello que es más valioso y preciado entre lo que tenemos para escoger, obviamente sin merecerlo.

Uno de los anhelos de nuestro corazón juvenil, es el de encontrar y ser encontradas por un hombre valioso, integro y genuino creyente para amarlo y ser amadas. Es natural este deseo, Dios lo ha provisto tanto a ellos como a nosotras. Cuando emerge este deseo es cuando empieza la espera, y probablemente todo lo que creíamos seguro en nuestro corazón acerca de la fe, de nuestro amor al Señor, del perseverar, de la bondad de sus caminos y pensamientos para con nosotras empiece a ser salpicado con gotas de incredulidad.

Mi primer meditación sobre ESPERAR... SIN ESPERAR fue negativa como era de esperarse. ¿A que me refiero con esto? Llega un momento en la vida de cada jovencita creyente (hablo desde mi propia experiencia personal) en que sus tiempos de oración se vuelven más intensos, prolongados, con cierta dosis de emoción extra, dónde somos avivadas desde la exposición del evangelio en el púlpito de nuestras congregaciones, la gracia de Dios en nuestro diario vivir y andar, nuestras lecturas extra bíblicas, la comunión con nuestros hermanos y hermanas en la fe y el gran deseo de que la Palabra de Dios corra y muchos crean. Nos llegamos a sentir de alguna manera empoderadas para servir en nuestras iglesias, para crecer más y más en la fe, para esforzarnos en la preparación de ser esposas de un hombre que probablemente conozcamos o no. 

Especialmente, nuestros temas de oración se tornan más enfáticos en temas como la pureza, el servicio a Cristo desde el matrimonio, la maternidad, pedidos específicos sobre alguien que vemos con otros ojos o con quien esperamos hasta casarnos. A medida que pasa el tiempo y según nosotras, nuestra oración no tiene respuesta, es ahí dónde la ansiedad actua golpeando nuestra fe como en un combate de boxeo.